"Sacó algunas castañas de las brasas, les quitó la
cáscara. Entrechocamos los vasos. Durante largo rato permanecimos
allí, bebiendo y masticando sin prisa, como dos grandes conejos,
mientras oíamos a la distancia los bramidos del mar.
Permanecimos silenciosos junto al brasero hasta muy entrada la noche.
Comprendía yo nuevamente qué sencilla y frugal es la felicidad:
un vaso de vino, una castaña, un mísero braserillo, el rumor del
mar. Nada más."
Niko Kazantzakis. Alexis Zorba el griego. Alianza Editorial.
"Lo último que vi de mis amigos mandans fue en la playa del
río delante de su poblado. Mi canoa y todos mis fardos fueron bajados
hasta la orilla del agua, y mi canoa fue colocada en el agua, con toda la
tribu en la playa. Mi amigo, Mah-to-toh-pa, el jefe Lobo y el Gran Medicina
me abrazaron sucesivamente; los guerreros y bravos me estrecharon la mano, y
la mujeres y niños me saludaron con gritos de adiós; y Batiste,
Bogard y yo estuvimos otra vez a bordo y de camino a St. Louis. En este
emocionante momento, cuando habíamos entrado ya demasiado en la
corriente para parar, y ya navegábamos, un valiente y joven guerrero a
quien reconocí nos siguió por la orilla del agua, e
inclinándose hacia delante, echó al interior de la canoa un
paquete que sacó de debajo de su manto; y, viéndome tratar de
abrirlo, agitó la mano y sacudió la cabeza, y me hizo
señal de que lo dejara en la canoa, cosa que hice.
Después que habíamos recorrido una milla o así desde
el poblado, entré mi remo y abrí el paquete desatando un
montón de correas, y, para mi gran sorpresa, encontré el
más maravilloso par de polainas que había visto jamás,
orladas con profusión de mechones de cabellos y bellamente adornadas
con púas de puerco espín. Al momento las reconocí como
pertenecientes al hijo de un jefe famoso, el "Cuatro Hombres", y como el mismo
par que había estado intentando comprar durante algún tiempo, y
por el que había ofrecido al joven un caballo, sin otra respuesta que
"no podía venderlas, pues los mechones de cabello eran trofeos muy
valiosos, y sus camaradas se reirían de él si las vendía."
"¡Que gesto tan bello era éste! Habiéndose separado de
mi sin la menor esperanza de volver a verme nunca, me obligaba a aceptar como
regalo lo que no pudo venderme el día anterior por el precio de un
caballo. Y lo envolvía con un enredo de correas que él se
había propuesto que yo no pudiera desatar hasta que la corriente se me
hubiera llevado lejos de la posibilidad de ofrecerle una compensación
por ello."
"El viejo hechicero era soltero, y sentía la más alta
admiración y respeto por las damas. Y este cumplido le hizo volver al
borde del tablado, envuelto en su manto de piel de búfalo y, agitando
su mano derecha sobre las cabezas del público, dijo: "Amigos: me hace
muy feliz ver tantas caras sonrientes a mio alrededor, pues cuando la gente
sonríe y ríe, yo conozco que no están enfadados (enorme
aplauso y risa, que duró algún tiempo)." "Amigos míos:
veo que las damas están complacidas y esto me complace a mí
también, porque sé que si las damas están complacidas,
ellas complacerán a los hombres (gran rusa y aplauso)."
"Amigos míos: creo que nuestra danza os fue agradable y no os ha
molestado (aplauso)."...
George Catlin Vida entre los indios. Editorial Olañeta.