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"Lo último que vi de mis amigos mandans fue en la playa del río delante de su poblado. Mi canoa y todos mis fardos fueron bajados hasta la orilla del agua, y mi canoa fue colocada en el agua, con toda la tribu en la playa. Mi amigo, Mah-to-toh-pa, el jefe Lobo y el Gran Medicina me abrazaron sucesivamente; los guerreros y bravos me estrecharon la mano, y la mujeres y niños me saludaron con gritos de adiós; y Batiste, Bogard y yo estuvimos otra vez a bordo y de camino a St. Louis. En este emocionante momento, cuando habíamos entrado ya demasiado en la corriente para parar, y ya navegábamos, un valiente y joven guerrero a quien reconocí nos siguió por la orilla del agua, e inclinándose hacia delante, echó al interior de la canoa un paquete que sacó de debajo de su manto; y, viéndome tratar de abrirlo, agitó la mano y sacudió la cabeza, y me hizo señal de que lo dejara en la canoa, cosa que hice.
Después que habíamos recorrido una milla o así desde el poblado, entré mi remo y abrí el paquete desatando un montón de correas, y, para mi gran sorpresa, encontré el más maravilloso par de polainas que había visto jamás, orladas con profusión de mechones de cabellos y bellamente adornadas con púas de puerco espín. Al momento las reconocí como pertenecientes al hijo de un jefe famoso, el "Cuatro Hombres", y como el mismo par que había estado intentando comprar durante algún tiempo, y por el que había ofrecido al joven un caballo, sin otra respuesta que "no podía venderlas, pues los mechones de cabello eran trofeos muy valiosos, y sus camaradas se reirían de él si las vendía."
"¡Que gesto tan bello era éste! Habiéndose separado de mi sin la menor esperanza de volver a verme nunca, me obligaba a aceptar como regalo lo que no pudo venderme el día anterior por el precio de un caballo. Y lo envolvía con un enredo de correas que él se había propuesto que yo no pudiera desatar hasta que la corriente se me hubiera llevado lejos de la posibilidad de ofrecerle una compensación por ello."
 
"El viejo hechicero era soltero, y sentía la más alta admiración y respeto por las damas. Y este cumplido le hizo volver al borde del tablado, envuelto en su manto de piel de búfalo y, agitando su mano derecha sobre las cabezas del público, dijo: "Amigos: me hace muy feliz ver tantas caras sonrientes a mio alrededor, pues cuando la gente sonríe y ríe, yo conozco que no están enfadados (enorme aplauso y risa, que duró algún tiempo)." "Amigos míos: veo que las damas están complacidas y esto me complace a mí también, porque sé que si las damas están complacidas, ellas complacerán a los hombres (gran rusa y aplauso)." "Amigos míos: creo que nuestra danza os fue agradable y no os ha molestado (aplauso)."...
George Catlin Vida entre los indios. Editorial Olañeta.