Artículo Ruta 66 (Mayo 1988)
J.G.

EL ULTIMO DE LA FILA
«COMO LA CABEZA AL SOMBRERO»

Deben de haber trillones de formas de declarar amor. Quizás sean infinitas. Las habrán bellas, y también tiernas, burdas o sublimes. De entre todas ellas, Portet y García, han escogido la más desnuda, aquella que podría haber sido dicha por un niño. Porque sólo los niños -y ellos dos todavía insisten en serlo- saben amar a alguien como la cabeza ama al sombrero. Una hipérbole surrealista y perfumada de candor -de esas que con Los Burros tuvieron su mayor esplendor, lamentablemente poco habituales en los últimos trabajos del grupo- que titula con fidelidad esta nueva colección de canciones de El Ultimo De La Fila.

Diez cartas de amor escritas con tinta mágica. Diez sueños provocados por un misterioso filtro que los convierte en realidad. Diez sortilegios de pasión bruja envueltos en papel de plata. Diez poemas de espumosa fantasía recitados casi acústicamente -o discretamente electrificados si se prefiere, puesto que la introducción del tema que titula al álbum (conducida por la eficaz guitarra de J.L.Pérez) o la estructura de «Vamos» (una de las dos piezas extras que sólo figuran en cassette y CD) galantean con un anecdótico rock duro- que hacen de este disco el más espiritual de El Ultimo De La Fila. Sus sonidos, sus palabras, se agitan con las contracciones de una respiración interior. Tan íntima y a veces tan mística que participar de su aliento es casi profanar la invisible conexión entre unos y otras. También en su LP más sencillo, en producción y composición, sin apenas alardes técnicos, y más predestinado a consolidar al inconfundible sello del grupo entre aquellos de sus seguidores que, hasta ahora, hayan sabido apreciar la madurez creativa de Manolo y Quimi -aquí pletórica en «Sara», el mejor tema del lote- y que tan difícil de encontrar resulta en los otros exponentes de la primera división del pop nacional.

Los arreglos brotan imperceptibles, casi movidos por hilos invisibles. Las letras -un arte en el que se han convertido en expertos- llegan a conmover por su delicado acabado, son más visuales que nunca y continúan sacando extraordinario partido hasta a la situación más vulgar (como ocurre en «Trabajo duro»). Y musicalmente conservan íntegra toda su personalidad -esa que sólo ellos han sabido desarrollar- para seguir ofreciéndonos esas pequeñas celebraciones paganas que parecen tan hambrientas de vida que hasta llegan a reproducirla con malévolo entusiasmo («Dios de la lluvia» es un buen ejemplo). Persisten todavía en explotar esas influencias mozárabes -en los teclados- y flamencas -en la guitarra de José Manuel Cañizares- aunque su insaciable curiosidad les empuje a experimentar con los tintes colombinos de «Llanto de pasión», esa trompeta (soplada por Quimi) que llama a Miles Davis en la intro de «Ya no danzo al son de los tambores» o la improvisación instrumental que cierra «A veces se enciende» como un espontáneo apunte de rock californiano donde aparecen Santana y Quicksilver (aunque posiblemente ellos no sean conscientes de esto).

Como siempre que tengo la oportunidad de escribir sobre El Ultimo De La Fila, las palabras se quedan cortas. Incapaces de transmitir la luz que baña esta música teñida por el rojo ocre de un atardecer. Mudas ante esas historias de amor solitario -todos los temas están inspirados en una mujer- que anuncian la llegada de un verano como aquellos que, cuando éramos adolescentes y románticos, nos parecían maravillosos a pesar de dejar un sabor a tristeza en nuestros labios. Gracias por recordármelo. Es una sensación que no se debería olvidar nunca.